martes, 21 de febrero de 2017

Tesoro de libros: la biblioteca de Bioy Casares será pública


Los 17.000 ejemplares se suman al acervo de la Biblioteca Nacional

SÁBADO 18 DE FEBRERO DE 2017

AñaAdolfo Bioy Casares, en su casa, en 1999, el mismo año de su muerte.

 
Adolfo Bioy Casares señaló alguna vez que entre los mejores recuerdos de su vida estaban aquellas noches en las que, junto a Borges, anotaron las obras de sir Thomas Browne, admiraron la agudeza de Gracián o eligieron con Silvina Ocampo los textos que integrarían la célebre Antología de la literatura fantástica.

Los libros que contenían las huellas de esas intensas jornadas de trabajo intelectual estuvieron más de 15 años en 330 cajas, que terminaron en el subsuelo de un depósito de la calle Sarmiento, presas de una compleja trama sucesoria que ayer empezó a resolverse.

La Biblioteca Nacional, en la figura de su director, Alberto Manguel , y los investigadores Laura Rosato y Germán Álvarez, consiguió convencer a un grupo de particulares, empresas y fundaciones de que compraran, por 400.000 dólares, una de las bibliotecas privadas más importantes del país. Ya firmada la carta de intención y una vez concretada la operación, los 17.000 volúmenes del acervo serán donados a la institución para que ese material, de valor incalculable, no termine desperdigado por el mundo.

Una tasación inicial de la biblioteca personal de Bioy Casares la había hecho el librero de anticuario Alberto Casares antes de 2006. Pero nunca pudo terminar un inventario minucioso. Por eso, Rosato y Alvarez contaron con la colaboración del traductor y crítico Ernesto Montequin, albacea de los papeles de Silvina Ocampo y una de las personas que más conoce esta biblioteca -fue su administrador por decisión judicial durante una parte de la sucesión-. Montequin los condujo por ese laberinto de 17.000 libros que tapizaban cada una de las paredes del departamento de novecientos metros de la calle Posadas, donde vivieron Bioy Casares y Silvina durante toda su vida.

"La singularidad absoluta de esta biblioteca -explicó Montequin en la conferencia donde se dio la gran noticia- es que se trata de la biblioteca de dos enormes escritores argentinos pero también la de un tercero, que es Borges, ya que guardaba muy pocos libros en su casa." Fue la biblioteca de tres personas que tenían a la literatura como pasión dominante y que funciona, de algún modo, como un laboratorio: es una biblioteca de trabajo. Ni de bibliófilos ni de coleccionistas. Los ejemplares que la integran fueron leídos, usados, escritos, comentados. A partir de ella se puede aprender no sólo "qué" leyeron sino "cómo" leyeron estos autores. Allí radica el valor de estos libros. "Es una biblioteca viva", dijeron ayer.

Todos los implicados sabían que era fundamental que estos libros no se perdieran. La biblioteca es un microcosmos, y una vez que empieza a dispersarse no se puede reunir nunca más. En este caso, y para los investigadores en particular, el todo vale más que la suma de las partes. Esto entendieron Rosato y Álvarez, lo había entendido Horacio González, en la anterior gestión de la Biblioteca Nacional, pero nunca pudo conseguir los fondos, y esa deuda pendiente se propuso saldar Manguel: conseguir los 400 mil dólares que pretendían los herederos de Bioy Casares.

La complejidad de la trama en la herencia de Bioy, que incluye a Fabián Bioy Demaría -un hijo que el escritor tuvo en una relación extramatrimonial, reconocido tardíamente, pero que murió en 2006, antes de que finalizara el juicio sucesorio, y cuya herencia vuelve a la madre de Fabián, Sara Josefina Demaría, y a los tres nietos de Bioy que le dio su hija Marta- es el trasfondo y la razón por la que esa biblioteca permaneció en un depósito durante más de quince años.

En ella hay desde libros de cuentos infantiles, marcados por el trazo de una niña Silvina Ocampo, o la obra completa de sir Thomas Browne, no disponible para consulta pública en la Argentina, hasta las pruebas de imprenta de "El jardín de senderos que se bifurcan", con el prólogo agregado en correcciones manuscritas de Borges. El autor de Ficciones tenía la costumbre de seguir corrigiendo sus cuentos una vez publicados en revistas como Sur. Así sucede con el cuento "El zahir", cuya corrección se encuentra en una de estas cajas sobre el soporte de un ejemplar de Los Anales de Buenos Aires. "Eso es de una riqueza crítico genética invaluable", comenta Alvarez. "Es un Borges todavía reescribiéndose."

No es lo único. Entre otras curiosidades, los investigadores podrán encontrarse, por ejemplo, con una primera edición del Finnegans Wake, de James Joyce. En la hoja de guarda, Borges y Bioy se dedican a inventar frases que empiecen con la fórmula "en menos que", como un juego que solían hacer. En tanto, Montequin recuerda toda una sección de libros de la colección del Séptimo círculo, dedicada a novelas policiales. Tanto Borges como Bioy, obsesivos como eran, hacían correcciones de estilo entre una edición y otra. El resultado es una pequeña pero magistral lección de traducción.

Además, el acervo permite reconstruir toda una red de escritores. A partir de las dedicatorias de los libros se ilumina la relación que mantuvieron. Montequin apunta que una de las más lindas de Borges se encuentra en un ejemplar de Discusión, regalado a Silvina, donde escribió: "A Silvina, claridad, dedico estas sombras".
Lo que viene
Las joyas que puedan surgir de la conjunción entre estos enormes escritores aparecerán después del trabajo de investigación que empezarán a desarrollar Rosato y Alvarez una vez concretada la
compra-venta-donación por parte de empresas como Banco Galicia o Fundación Bunge y Born, entre otros. Será a fines de marzo.
Esta donación es el primer paso que impulsa la gestión de Manguel en la Biblioteca Nacional para rastrear, preservar y poner a disposición de investigadores y del público en general (a través de exposiciones) los tesoros patrimoniales de la cultura del país y evitar la fuga a universidades o institutos extranjeros.
Los testigos que alguna vez transitaron el departamento de Posadas dicen que en una de las pocas paredes del escritorio de Bioy Casares había una carta manuscrita de Sarmiento enmarcada. En abril de 1989, en una de las entradas de su diario, Bioy se entristecía por las goteras en aquel departamento. El metálico ruido del agua en los cacharros lo angustiaba como cuando era chico. Cabe imaginar la pena de Bioy si hubiera sabido que la mayoría de aquellos libros que engalanaban su biblioteca estarían durante más de quince años en un depósito de la calle Sarmiento. En esa coincidencia quizás se esconda una broma borgeana que recién ahora empieza a dar gracia.
El concepto y los números detrás de la adquisición


Alberto Manguel, director de la BNMM

"Es el primer paso para reunir este tipo de tesoros nacionales en la Nación. Una manera de detener la fuga y conservarlos para futuros lectores"
17.000  ejemplares Integran la biblioteca completa de Bioy y Ocampo que se incorpora al acervo de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno
330 cajas con libros
Agrupados en 10 lotes, de 33 cajas cada uno, llevan más de 15 años embalados.
400.000 dólares, es el valor total de las operaciones de compraventa de estos libros realizadas a los herederos por particulares, empresas y fundaciones, que los donarán a la BNMM
Cinco joyas de la donación
El jardín de senderos que se bifurcan - Jorge Luis Borges, 1941: Pruebas de imprenta con el prólogo agregado en correcciones manuscritas del propio Borges
Finnegans Wake - 1939, James Joyce: Primera edición con anotaciones de Borges y Bioy Casares en la hoja de guarda, con un juego de palabras que hacían
Fervor de Buenos Aires - Jorge Luis Borges, 1923: Primera edición dedicada
Guías Michelin: Las utilizó Bioy en sus viajes por Europa; ilumina una etapa poco conocida en su biografía

Colección de folletos surrealistas: Son manifiestos de la vanguardia que Silvina Ocampo había traído directamente desde Europa.

jueves, 26 de enero de 2017

La inocencia juega al solitario Felisberto Hernández, pianista semiprofesional y narrador extraordinario, en los años 20.




La inocencia juega al solitario
Felisberto Hernández, pianista semiprofesional y narrador extraordinario, en los años 20.

Matías Serra Bradford

 25/01/2017 Clarin.com Revista Ñ Literatura
Ediciones de sus cartas, obra reunida e inéditos

Literatura
Se siguen publicando cartas y textos desconocidos de Felisberto Hernández, que lo acercan y lo alejan, como sucede con la transparencia de ciertas lentes –la transparencia es el color primario de este escritor– según de qué lado se las use. No es un defecto de las ediciones; es su literatura –de aspecto prístino y profundidades más insondables– la que logra que perdure el misterio acerca de su persona. La precariedad de su modus vivendi como pianista semiprofesional y empleado estatal temporario, que su correspondencia pone en primer plano, corría en paralelo con el estilo invertebrado de su prosa –de caprichosos desvíos y saltos, temáticos y sintácticos– y que parece un eco destilado de su frágil contexto cotidiano.

En esas circunstancias, su mayor preocupación fue la de conservar el estado de inocencia, por llamarlo así, de lo capturado por su percepción maniática, sabiendo que debía filtrarlo semejante inteligencia (algo posible porque la inteligencia no es unitaria y monolítica). Es que al propio Felisberto no lo dominaba la ingenuidad; había perdido la virginidad literaria con dos franceses de bigote prolijo, Proust y Bergson (que se casó con una prima de Proust). En todo caso, no es tan raro que la expresión de cierta ingenuidad en otro se pueda leer como benévola ironía. Lo que Felisberto se propuso y consiguió es crear un aire de inocencia para sus páginas. Ofrecerle a la inocencia una mesa en la que esta pudiera jugar a sus anchas al solitario.

Tal vez algo de eso se deba a que casi todo en él suena a apunte para sí mismo. Fue con la memoria, y con la adivinación, que Felisberto pudo inventar (en él, en buena parte, equivale a comparar). La memoria y su cine mudo, su sala de montaje. Un Proust remolón, nunca olvidó que en un momento quizá cada vez más temprano la vida parte sus aguas y el corte lo produce la aparición de la conciencia –la ficción– de la memoria. Acaso buscaba conversar con esa edad en la que todavía no se sabe lo que es un recuerdo. Mientras tanto, escribía “de memoria”, como con una facilidad total. Un tráfico clandestino, sin falla, entre lo interior y lo exterior, de orden telepático, sostenido por un animismo constitutivo. Cálculo y revisión fueron su pan de cada día pero eso no impidió que a sus narraciones les sobrara inspiración, como si en efecto hubieran sido escritas de un solo trazo.

Felisberto persiguió la saturación de la comparación, el hartazgo propicio de la metáfora. El uso y abuso del “como” es su bajo continuo, pero su toque posiblemente esté en frases como: “no iría a ver sus muñecas hasta no sentirse bastante aislado”. Sus antojos se evidencian en su puntuación, en los guiones que abren un interior más replegado, en un paréntesis en medio de un diálogo, en una “y” después de dos puntos o punto y coma, o bien la y griega para empezar una oración, una y otra vez.

Felisberto se apropió de un viejo secreto de la escritura: transformar las debilidades en un estilo peculiar. Era el suyo un estilo escaleno; casi cada línea tiene tres lados desiguales. Dicho de otro modo, escribía como alguien que sólo leía poesía. Su prosa avanza al modo de variaciones sobre una teoría de lo sublime, por entregas, sofisticadamente imprecisa. Si von Kleist dejó en su ensayo sobre las marionetas, entre otras cosas, un tratado de poética, Felisberto fue capaz de hacerlo por medio de la ficción, por ejemplo en el relato "Las Hortensias", tour de force absoluto de la imaginación abismada e instalación artística pionera.

La firma detrás de Nadie encendía las lámparas no le temía a la repetición de la palabra misterio: es el centro vibrante de su obra. Y cuando quería se daba el lujo de ser mordaz hacia sus propias búsquedas: “pues hay teorías con sugestión exótica, con misterio sugerente, con génesis naturalista, con profundidad filosófica, etc”. Poseía una destreza sin fin para novelar el misterio (novelar es un verbo pertinentemente esquivo), como lo prueba su cuento “La casa inundada” o, en otra paleta cromática, Por los tiempos de Clemente Colling, acerca de su maestro de piano ciego, una de las más bellas historias, por oblicua y elíptica, sobre un tutor y su discípulo.


Con Felisberto Hernández se ratifica que decir de un modo raro es rastrear un espejismo que se desplaza hacia adelante, y en su estela tiene a bien dejar una frase. Sus oraciones, podría pensarse, se dividen en frases convenientemente idiotas, inteligentemente idiotas y genialmente idiotas. A menudo termina un relato, adrede, de un modo simple. Un jugador –un escritor– puede crear misterio en su amistoso rival –el lector– si decide abandonar inexplicablemente (en una posición pareja).

martes, 13 de septiembre de 2016

Un original de Borges, hallado "en una carpeta mugrienta" El cuento "La Biblioteca de Babel".


Clarin.comCultura13/09/16 - 19:23

Por casualidad, lo encontró en Brasil Alberto Manguel, director de la Biblioteca Nacional. Ahora se exhibe allí. 

Con su letra. El manuscrito de "La Biblioteca de Babel", el cuento de Jorge Luis Borges. / Emiliana Miguelez
Verónica Abdala

Son nueve folios de un cuaderno de contabilidad en los que Jorge Luis Borges escribió con esa letra minúscula a través de la que era capaz de evocar el infinito. Se trata del original de La biblioteca de Babel, uno de sus cuentos célebres, que el escritor y actual director de la Biblioteca Nacional, Alberto Manguel, halló en Brasil y trajo en préstamo a Buenos Aires desde San Pablo después de dar con él de manera casi fortuita: un coleccionista privado lo abordó tras una conferencia para invitarlo a ver el material. “El documento estaba en un ambiente recargado de papeles, cuadros, fotos, mapas, cartas de reinas y próceres como San Martín y Rivadavia. Me sorprendió que, en una carpeta mugrienta, apareciera algo de tanto valor. Me temblaba la voz, fue una emoción muy grande", relató el escritor.

Correcciones. Parte del manuscrito de "La biblioteca de Babel", el cuento de Borges que se exhibe en la Biblioteca Nacional. /Emiliana Miguelez
Correcciones. Parte del manuscrito de "La biblioteca de Babel", el cuento de Borges que se exhibe en la Biblioteca Nacional. /Emiliana Miguelez
Como en un juego de espejos, esos que tanto le gustaban a Borges, la Biblioteca exhibe ahora –y por primera vez- el original del cuento –publicado en El jardín de los senderos que se bifurcan (1941) y luego en Ficciones ( 1944)-, que remite a esa otra biblioteca, ilimitada, que Borges imaginó; una metáfora del universo y su naturaleza inagotable, prefigurada ya en el ensayo La Biblioteca total (1939). Cargado de múltiples significados –matemáticos, filosóficos, acaso místicos-, el texto ha sido objeto de las más diversas interpretaciones y es uno de los más citados en publicaciones científicas.

“Es un auténtico tesoro”, definió Manguel en relación al manuscrito. Él mismo comunicó el hallazgo en un desayuno que compartió con un grupo de periodistas y del que participaron también Elsa Barber, subdirectora de la entidad, y el director de Programación Cultural, Ezequiel Martínez. “Estos papeles tienen un valor material indiscutible y por otro lado un valor simbólico. Hay pocos elementos que conforman la simbología universal y debemos a Borges uno de estos elementos: el concepto de la biblioteca de Babel, que hoy podemos asociar a Internet”, expresó el escritor y traductor.

Con el tesoro. Alberto Manguel, director de la Biblioteca Nacional, detrás del a vitrina donde se exhibe el manuscrito de Borges.  presento un manuscrito de Borges. / Emiliana Miguelez

En el marco de este intercambio, Manguel comunicó, a su vez, la adquisición de un ejemplar del número 76 de la Revista Sur, donde se publicó el cuento La lotería en Babilonia y en el que Borges realizó correcciones a mano (el ejemplar, pertenecía a la colección del conductor Antonio Carrizo, que era amigo del escritor y fue donado por su familia a la institución).

Más allá de su valor bibliográfico, ¿qué información acerca del proceso de escritura de Borges proveen al lector esas hojas con meticulosas correcciones, marcas, búsquedas?, consultó Clarín. Según Manguel “además del fetichismo del objeto mismo, el manuscrito permite “ver a Borges pensar, entender la evolución de una idea en el papel. Sirven para conocer el lugar de la técnica en su escritura y cómo fue evolucionando el texto.” Para el autor de "El Aleph", que decía que “el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”, la corrección era esencial, una instancia de depuración del material.

“Estos documentos refieren, además, a nuestra historia, son nuestro patrimonio intelectual. Ojalá sean comprados por particulares que puedan donarlos a la Bibliotecapara incorporarlos definitivamente al patrimonio público”, concluyó. El valor estimado del original de “La biblioteca de Babel”, rondaría los 500 mil dólares, aunque la biblioteca invirtió un millón para asegurarlo.

El material incorporado al acervo de la biblioteca integra ahora la muestra “Borges el mismo, otro” que ocupa tres salas y que estará abierta hasta diciembre (puede visitarse lunes a viernes de 9 a 21 hs, sábados y domingos de 12 a 19 hs).

Con la nueva incorporación, la muestra contiene buena parte de los originales de Ficciones. Ese libro, compuesto por siete relatos -entre los que se incluyen "Las ruinas circulares", "El jardín de los senderos que se bifurcan", "Pierre Menard, autor del Quijote" y "Examen de la obra de Herbert Quain"- significó un punto de inflexión en la vida literaria de Borges e inició el camino de su consagración internacional.

La Biblioteca de Babel (Fragmento)

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente.

(...)

“Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.


Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.”

martes, 26 de julio de 2016

Cuando Corrientes era sólo una calle


Secreta Buenos Aires.

El primer tramo del ensanche, desde el Bajo hasta Callao, se inauguró en 1936, momento del que se cumplen ahora 80 años.

Eduardo Parise. Clarin.comCiudades16/05/16

Irreconocible: la esquina tanguera de Corrientes y Esmeralda. Allí estaba el café El Guaraní, donde solían concurrir Gardel y Razzano   

                                                  En tiempos de la colonia la llamaban Sendero del Sol. La alusión era porque en su primer recorrido se veía la salida del sol sobre el río. En unos años, cuando desaparecieron las tunas y los arbustos y aparecieron las casas de adobe y las pulperías, formó parte del barrio recio. Ya en 1738 la conocían como la calle de San Nicolás, por la iglesia que, una vez demolida, cedió su lugar al Obelisco. Hacia 1808, en reconocimiento al destacado trabajo que el regidor del Cabildo había tenido contra el enemigo en las dos invasiones inglesas, se la llamó de Inchaurregui. Recién en 1822 se convirtió en calle Corrientes, por el apoyo que esa ciudad mesopotámica le había dado a la Revolución de 1810. Estos nombres eran para el tramo que cubre desde el Bajo hasta la actual avenida Callao. Y aunque después vino el ensanche (el primer tramo se inauguró en 1936, lo que significa que se están cumpliendo 80 años), sigue con ese apelativo de calle por aquellos tiempos en los que la gente se saludaba de vereda a vereda y el tranvía afeitaba el borde de los cordones.

La decisión de convertirla en calle ancha venía de los tiempos en que Bernardino Rivadavia era secretario de Gobierno. Quería que tuviera 30 varas (26 metros). El tema se retomó recién en 1910, cuando el intendente Joaquín Manuel de Anchorena, mediante una ordenanza, pidió ejecutar aquella iniciativa. Era el momento del Primer Centenario de la Revolución de 1810 y Buenos Aires aspiraba a destacar su condición de ser la “París de América del Sur”. Entonces ya se pensó en una nueva línea de construcción para la vereda de los números pares. Es decir: la más cercana a la paralela calle Lavalle. Pero los trabajos para demoler edificios sobre esa vereda Norte recién empezaron en 1931 con el tramo entre las calles Paraná y Uruguay. El intendente era José Guerrico. Junto con la idea de ensanchar Corrientes también se pensó en tener avenidas semejantes en las calles Córdoba y Santa Fe (hacia el Noreste) y Belgrano e Independencia (hacia el Sur).

La fama de la vida nocturna sobre la calle Corrientes se basaba en los muchos cafés, las confiterías y los teatros que se acumulaban en la zona desde Callao hasta Leandro Alem. En el cruce con Suipacha ya no estaba la pulpería El Caimán (aquella que lucía sus toneles de vino en la calle para que fueran referencia) ni en Reconquista la casa de Marie Anne Périchon de Vandeuil, casada con Thomas O’Gorman, a quien todos conocían como “la Perichona”. Cuando su marido la abandonó fue amante de Santiago de Liniers. Pero en una de las esquinas de Suipacha se destacaba la Antigua Pastelería Reybaldi y Gaudini, famosa por el pan dulce artesanal que elaboraba. Después, en el cruce con Esmeralda, la familia Reybaldi instaló la Confitería del Buen Gusto, frente al café Guaraní, donde solían parar Carlos Gardel y José Razzano.

La lista podría convertirse en interminable si se mencionaran todos los lugares. Pero algo de lo que se llevó la piqueta del ensanche y que merece destacarse es el viejo Teatro de la Ópera. Cayó en 1935 y después el terreno lo compró un empresario llamado Clemente Lococo. En apenas nueve meses y bajo la dirección del arquitecto belga Albert Bourdon, allí se construyó el actual edificio que se sigue luciendo a dos cuadras de la avenida 9 de Julio. A propósito de la ancha avenida, cuando se hizo el ensanche de Corrientes y también se abrió esa amplia traza que atravesaba la “calle”, muchos habitués de la primera sintieron que quedaban “divididos por 150 metros de desolación”. De todas maneras, algo de la vieja bohemia se mantuvo porque calificaron a Corrientes como “la calle que nunca duerme”. Y como contraposición al primitivo nombre de Sendero del Sol, también la llamaron Sendero de la Luna, en alusión al mundo nocturno que se vivía en las décadas de 1940 y 1950, con el tango como protagonista central de bares y cabarets.


Hoy, con una década y media del siglo XXI encima, la “calle” Corrientes todavía mantiene alguno de sus rasgos que la hacen referente de los porteños. Claro que no es lo mismo desde Callao hacia el Oeste, cuando deja atrás la zona de San Nicolás y atraviesa otros cuatro barrios (Balvanera, Almagro, Villa Crespo y Chacarita). Lo que sí conserva en sus entrañas y a lo largo de sus nueve kilómetros es el recorrido de la línea B del subte. Su primer gran tramo entre las estaciones Lacroze y Callao se inauguró el 17 de octubre de 1930. El segundo, hasta Carlos Pellegrini, el 22 de junio de 1931. Y el tercero, hasta Alem, el 1° de diciembre, también de 1931. Su construcción, con Corrientes aún angosta, requirió mucho esfuerzo en el trabajo y también se llevó la vida de muchos obreros. Pero esa es otra historia.

domingo, 17 de abril de 2016

"Yo escribía para que ella me quisiera más" Fernando Savater

Savater. El filósofo y escritor, al que el franquismo echó de la facultad, en su casa de Madrid. Foto: Gabriel Pecot







El filósofo español enviudó hace un año y afirma, entre lágrimas, que no volverá a escribir. "Aquí viven leones" fue la guía de lecturas que escribió con Sara Torres, su mujer.   

Raquel Garzón CLARIN 17.04.16  

                                         ¿Qué se hace ante las lágrimas de un hombre? Los decálogos de periodismo nada dicen sobre los momentos en los que la emoción
manda y somos testigos de la verdad más profunda de alguien. “Yo doy por acabada mi vida. No creo que vuelva a escribir. Ya no me hace ilusión nada”, dice ahora Fernando Savater. Y llora. Autor de una treintena de libros y excatedrático de Etica y de Filosofía y Literatura, Savater se quita los anteojos y enjuga el llanto al recordar a su mujer, Sara Torres, muerta hace un año. Conversamos en el departamento que compartieron en Madrid: tierra de libros desde el felpudo que te recibe en la entrada con la imagen de un cuervo –en alusión al famoso poema de Poe– hasta el balcón, donde también hay bibliotecas. 
Fernando Savater y su esposa
El sitio está lleno de recuerdos de sus 35 años juntos (fotos, grabados, pósters de cine, máscaras, muñecos de papel maché y de resina que hacía Sara...) y es el lugar propicio para hablar sobre Aquí viven leones, que se suma a la obra de Savater, traducida a más de veinte lenguas. “En los mapas antiguos, donde había una zona inexplorada,  ponían hic sunt leones o hic sunt dracones… Nos divertía llevar al título esa noción: que estábamos buscando algo en la jungla de la ciudad. Intentábamos explorar dónde estaba la guarida del león literario”, explica.El libro es una amorosa guía de lecturas que Sara no llegó a ver publicada y que lleva la firma de ambos. Cuando ella enfermó de cáncer (“un mal atroz”), trabajaban en este proyecto que unía dos de sus pasiones: los viajes y la literatura. La idea de redescubrir a los autores elegidos en sus lugares de creación debió limitarse entonces a los ocho escritores sobre los que ya habían investigado: Shakespeare, Valle Inclán, Poe, Leopardi, Christie, Reyes, Flaubert y Zweig. “Sara insistió mucho en que el libro fuera bello y convocó a Anapurna, la ilustradora que hizo un cómic que abre el capítulo dedicado a cada escritor”, cuenta Savater. De ese libro a cuatro manos habla el autor de Etica para Amador, mientras llueve intermitentemente sobre la ciudad. Y también, de lo que no se puede enseñar en Filosofía, del terrorismo de ISIS, de su amor por la Argentina y los caballos y de los desafíos de la prensa. Sara lo atraviesa todo.

–Fama, dinero y fantasmas interiores son algunas razones que llevan a escribir. Flaubert lo hacía porque no podía vivir sin literatura. ¿Qué tipo de escritor se siente usted?

–Uno muy diferente a Flaubert y no sólo por la calidad. Para mí lo imprescindible es leer. Me considero sobre todo un lector y si por leer pagasen, yo no me hubiera dedicado a otra cosa y sería multimillonario. La escritura es un modo de ganarme la vida. Sobre todo al principio, pues en el franquismo me echaron de la facultad, estuve en la cárcel y escribir fue un poco la forma de salvarme. Desde muy joven, empecé a escribir para la prensa. Pero no tengo ninguna necesidad de escribir. En cambio, si me quitan los libros, me matan.

 –”Aquí viven leones” se relaciona con esa pasión lectora. 

–Sí, Sara y yo hicimos un programa de televisión sobre escritores en la Argentina. Pero claro, estábamos obligados al esquema de la productora. Entonces se nos ocurrió hacer una segunda parte a nuestro gusto. Pero con la crisis, no hallamos quien lo financiara ni buscando debajo de las piedras. Como en el fondo lo que nos gustaba era hacer el viaje juntos, nos lanzamos.

–Su selección no teme incluir a autores muy populares como Agatha Christie o Stefan Zweig...

–No, claro que no. Y hay otro gran best-séller, que es Shakespeare, al que nadie pone hoy en entredicho. Para nosotros, como decimos allí, la literatura no es sólo caviar sino también sardinas en escabeche.

–Con ese criterio amplio, ¿qué no le perdona a un escritor?

–Que me aburra. Borges decía que era un lector hedónico, yo también. Por cuestiones laborales, he tenido que preparar clases y que tragarme en mi vida muchas cosas que no hubiera leído por gusto. Pero a partir de cierto momento dejé de leer por obligación. No me atrevo a decir de un libro que es malo. Simplemente digo que no es para mí.

–¿Y qué admira en un autor? ¿Qué condición le parece envidiable?

–Cuando voy a un restaurante agradezco que el cocinero me deje con la boca abierta, porque yo no sabría cómo hacer los platos que prepara. Con los escritores es igual. Me parece estupendo que el escritor sea desconcertantemente bueno, y muchísimo mejor de lo que seré yo nunca, porque lo que me causa placer es leerle.

–¿Cómo se siente ante el libro que Sara firma pero que no llegó a ver?

–Yo acabé el libro con grandes dificultades. Empecé a escribirlo con mucha ilusión, porque ella estaba allí… [Savater se emociona. Todo lo que sigue lo dirá secando sus lágrimas y eligiendo cada palabra como quien estudia dónde pone el pie ante la amenaza de un pantano]. Yo en el fondo escribía para que ella me quisiera más. Todo lo que yo escribía se lo daba y ella lo leía, lo comentábamos, y el placer era que a ella le gustase. Fue muy difícil acabar. Pero me hubiera parecido una traición dejarlo a la mitad, aunque me considero totalmente incapaz de volver a escribir. Hago articulitos en la prensa porque hay que seguir comiendo… Aprendí que perder las ganas de vivir no quiere decir que uno tenga ganas de morir. Siempre creí que eran vasos comunicantes, que uno subía y el otro bajaba…

–¿Y no es así?

–He descubierto que no. No puedes tener a la vez ganas de vivir y ganas de morir, pero en cambio puedes, a la vez, no tener ganas de vivir ni ganas de morir. Y es el punto en el que estoy. Ella durante la enfermedad hablaba de que yo escribiese algo sobre nuestra relación. No sé si podré, tampoco estoy seguro de que tenga interés.

–Quizá no es tiempo todavía.

–No sé. Nunca he entendido muy bien los consuelos o la impaciencia que la gente siente contra las personas que están tristes. “¿Cómo? ¿Todavía estás…?” Pavese en El oficio de vivir decía que la gente trata a los tristes como trata a los borrachos: “Bueno, siéntate, a ver si se te pasa…”  Yo conozco cosas que no cura el tiempo. Para mí, al contrario, empeora en muchos aspectos. Porque lo habíamos pasado tan mal, yo la había visto sufrir tanto que la muerte no era la muerte, sino el final del sufrimiento. Pero ahora la muerte es la muerte. Y entonces, para mí es ahora peor que cuando pasó. Pero eso es parte de la exploración que hace uno de sí mismo, en estos casos.

–¿De una nueva fragilidad?

–Sí. Además hay algunos que hemos sido muy neófitos en esto del sufrimiento. Yo nunca había hecho nada sin alegría, todo lo hacía desde la alegría. No sabía que se podía estar tanto tiempo triste.

–¿La literatura es un consuelo?

–Es lo único que agradezco. Veo películas antiguas y leo. Disfruto mucho releyendo, por ejemplo, unos antiguos articulitos breves de Borges para El Hogar, que siempre me gustaron mucho o viejas novelas policíacas... Al releer ves cómo hay cosas que se te quedan de libros o películas, que son muy tangenciales. O los subrayados de otras épocas: lees lo que tú eras cuando leíste ese libro por primera o por segunda vez, porque hay libros que van acumulando capas. Los Ensayos de Montaigne, que yo he leído tanto a lo largo de la vida, cada vez te revelan aspectos nuevos.

–En sus años como profesor, ¿halló algo que no se pueda enseñar?

–Muchas cosas. En la Filosofía es habitual que haya cosas que no se pueden transmitir porque no transmites contenidos sino formas de ver. Lo que puedes hacer por un alumno es algo así como mirar juntos un paisaje. Le dices: “Ven aquí, mira desde donde yo estoy y verás…”. Es complicado porque no hay un saber cerrado, sino una perspectiva.

–Luchó contra el terrorismo de ETA. El mundo padece hoy a ISIS. ¿Qué es lo más conmocionante para usted de ese tipo de violencia?

–Nosotros vivimos durante muchos años oponiéndonos al discurso pro-terrorista en el País Vasco. Era sobre eso que Sara me instaba a escribir: cómo frente a la resignación de la gente tratamos de hacer algo. Esto es distinto. La idea del terrorista suicida verdaderamente impresiona. La verdadera “arma de destrucción masiva” es alguien que no teme morir y vuelve la lucha desigual. Escapa a nuestra comprensión, porque todas nuestras tareas intentan evitar o detener el peligro de la muerte. Trabajamos para no morirnos de hambre, buscamos tener una cierta fortuna porque creemos que eso nos protegerá de algunos males, queremos que nuestros hijos perpetúen nuestra vida... Cuando alguien se considera a sí mismo como si fuera un arma, nos sume en el absurdo. Pero hay que luchar. Es una agresión armada y las agresiones armadas pues se combaten defendiéndose con armas mejores y mejor utilizadas. No creo que haya otra forma.

-Umberto Eco decía que los diarios sobrevivirán como semanarios, yendo a contrapelo de la velocidad de Internet. ¿Cómo lo ve usted que también es un hombre de prensa?

–Desde pequeño soy un gran lector de periódicos. Sara decía que yo perdía la mitad de mi tiempo leyendo prensa, porque primero la leo en la cama con el ipad y luego salgo, compro los periódicos y los vuelvo a leer, para confirmar que dicen lo mismo. Para Hegel el periódico era la relación matutina del hombre moderno: llegaban el café, la tostada y el periódico, todo formaba parte de lo mismo. Hoy las noticias como tales son online. La primera cosa que hay que aprender es que el periódico no está ligado a la llegada de noticias: tiene que estar ligado a la profundización. Siguen luchando como si tuvieran que darlas para adelantarse a los demás, cuando lo que deberían es ofrecer el sosiego de una interpretación a personas que ya están informadas. Entenderlo cuesta.

miércoles, 9 de marzo de 2016

“Mi novela es un cóctel de lo falso y lo verdadero”

Hitler y Rudolph Hess, segundo en la jerrarquía del poder durante el Tercer Reich, en 1938
Entrevista. En “Su lucha”, Patricio Lenard toma la figura de Adolf Hitler como personaje literario.

EL BLOG OPINA 
                                   Hay todavía mucha tela que cortar con ese personaje histórico. El cine y lo que se produce para la televisión, lo han usado y lo usan porque todavía rinde dividendos importantes de audiencia en todo el mundo. Hasta Chaplin desde el cine mudo lo utilizó e hizo una de sus mejores películas. Correcto es que la literatura siga explorando el personaje y se valga de la ficción hasta donde aguante el papel y la imaginación del autor no se desborde hacia lo inverosímil. 

POR ANA PRIETO    Revista Ñ

                                       La escena es así: en su cómoda celda de la prisión de Landsberg, en la que había sido recluido tras un fallido golpe de Estado, Adolf Hitler dicta su autobiografía y manifiesto político al circunspecto Rudolf Hess, que teclea, revisa, corrige y escucha con disciplina espartana. Corre el año 1924 y ninguno de los dos puede imaginar entonces que esas páginas, que llegarían a convertirse en el único libro del Führer, Mi lucha , habrían vendido más de 5 millones de copias hacia 1939.

En momentos en que el controvertido volumen se reedita en Alemania por primera vez en 70 años, en que el Instituto de Historia Contemporánea de Múnich-Berlín pone en circulación una edición crítica con más de 3.500 notas y el Ministerio de Educación de ese país pide incluirlo como lectura en las escuelas, el periodista argentino Patricio Lenard publica Su lucha , el diario que Rudolf Hess llevó en prisión mientras trabajaba como amanuense de Adolf Hitler.

La operación, desde luego, es literaria: Hess no llevó ningún diario, pero podría haberlo hecho. No sabemos si los nazis encerrados en Landsberg hablaron de los crímenes del “Vampiro de Hannover” en una sobremesa pero es plausible. Ignoramos si Geli Raubal se mostraba demasiado cariñosa con su tío Adolf durante sus visitas o si Hess estaba preocupado por la caída de su cabello. Pero no es improbable. En el terreno infinito de la posibilidad, Lenard lleva al lector a un ámbito poco explorado: el de la figura de Hitler como personaje literario. Y el desafío es enorme: si el Fürher no hubiese existido, tanto él como Mi lucha serían inverosímiles. Pero Lenard construye de manera brillante la verosimilitud que necesita la ficción, moviéndose por la historia y el archivo con los permisos de un novelista y las obsesiones de un investigador.

–¿Por qué, como autor de una novela, elegir a Rudolf Hess?
–Me hacía falta una distancia mínima, una conciencia externa, un narrador que no fuera el propio Hitler. Más allá de lo revelador que fue para mí saber a quién éste le había dictado Mi lucha, la posición privilegiada de Hess como secretario y confidente funcionó como una llave maestra. Trasladando el desafío al contexto argentino, creo que sería más sencillo escribir una novela desde el punto de vista de López Rega sobre la decadencia de Perón, que un libro como Soy Roca protagonizado por Jorge Rafael Videla. Aunque en el caso de Hess no se trata solo del camarada que hizo las veces de mecanógrafo, sino de alguien que durante el Tercer Reich ostentó el grado de “vice Führer”.

–Hitler debe ser uno de los personajes históricos más recreados por documentales y ficciones, en especial cinematográficas. ¿No te dio vértigo trabajar con una figura tan visitada?
–La forma en que el cine ha convertido a Hitler en objeto de interés estético no se compara con lo que ha hecho la literatura. Si uno mira bien, no hay muchas novelas que lo tengan como personaje. En El traslado de AH a San Cristóbal , de George Steiner, libro que parte de la leyenda de la fuga del dictador a Sudamérica, Hitler es un viejo que casi no habla mientras sus captores lo arrastran por la selva amazónica. En Las benévolas , de Jonathan Littell, es un personaje secundario que aparece hacia el final, y en El castillo en el bosque , de Norman Mailer, es un niño al que un emisario de Satán guía en sus primeros pasos. A diferencia de la literatura, en el cine sí hay películas que han logrado captar al personaje. Sin tener que remontarnos hasta El gran dictador de Chaplin, está La caída , con la soberbia actuación de Bruno Ganz, y Moloch , del ruso Alexandr Sokurov, la mejor película que se ha hecho sobre Hitler.

–¿Cómo trabajaste el verosímil? Imagino que la primera persona testimonial no fue suficiente. ¿A qué otros recursos estuviste atento?
–Como la idea era hacer de cuenta que se trataba del diario de Rudolf Hess, traté por todos los medios de que el texto pareciera una traducción, consignando, por ejemplo, supuestos juegos de palabras en el “idioma original” en notas a pie de página. También puse especial atención en el léxico que usan los personajes y en evitar estridencias literarias en la prosa. El hecho de que Hess supiera tomar apuntes taquigráficos fue útil para que sus transcripciones de las charlas de sobremesa no quedaran como algo artificioso. Está claro, más allá de que yo ahora tenga la misma edad que tenía Hitler cuando publicó Mi lucha , lo distinto que sería si yo fuese alemán y publicase mi libro en Alemania. Pero para la literatura –y en esto parafraseo a Borges– no importa ser alemán “de verdad”, sino hacer como si lo fuera.

–Una cosa es trabajar el verosímil y otra, la veracidad. Su lucha es una novela y no una obra de no ficción, por lo que no tiene por qué haber verdad en sus páginas. Sin embargo, el trabajo de archivo es evidente. ¿A qué límites te abstuviste y cuáles otros sobrepasaste al trabajar sobre la “verdad histórica”?
–Están la mentira, lo falso, lo apócrifo, lo ficcional, lo verdadero, lo verídico, lo veraz y lo verosímil. Su lucha es un cóctel de todo eso. Uno parte de la base de que el narrador no es confiable solo por el hecho de que sea un nazi. Por lo demás, las circunstancias y los personajes son reales, las noticias que leen en el periódico son reales, el trasfondo político y los datos históricos son reales. Y casi todo lo que dicen y piensan los personajes lo decían y lo pensaban los nazis de carne y hueso.

–¿Cómo fue la decisión editorial del texto de contratapa? Un lector distraído podría de verdad creer que se trata del diario que Rudolf Hess escribió en Landsberg.
–En rigor, yo quería que la ficción fuese incluso más allá, al punto de que llegué a pensar en registrar el libro con un título que fuera “Rudolf Hess. Su lucha” para evitar que mi nombre estuviera en la tapa. Después de todo, ¿por qué el nombre del autor debe aparecer en la portada de un libro? Hasta había diseñado una página legal con el título en alemán, los datos de la supuesta traducción al español y mi crédito del copyright en una letra que sólo se podía leer con lupa… Algo absolutamente inviable.

–En la novela se anticipan varias cuestiones que explotarían años después. El “problema judío”, sin duda. Que Hess le ocultara cosas a Hitler, también. Con lo que sabías sobre cómo se desarrollarían los hechos posteriores y con toda la libertad que te daba escribir una novela, ¿qué determinó en qué ibas a extenderte y en qué no?
–Aunque los nazis soñaban, desde mucho antes de llegar al poder, con una Europa libre de judíos, Hitler no escribió Mi lucha con los planos de Auschwitz en la cabeza. Más allá de que su libro constituye el fundamento de una narración asesina que culminaría en la Shoah, no es posible afirmar que él estuviera planeando la exterminación de los judíos al momento de escribirlo. Sin embargo, me asombró mucho descubrir que justo en 1924, poco antes de que Hitler iniciara el proceso de escritura, se había empleado por primera vez en los Estados Unidos el gaseamiento como técnica de ejecución capital, con un ciudadano chino condenado por homicidio. Algo a lo que Hess se refiere en una charla en la que Hitler y sus camaradas discuten las “bondades” de la pena de muerte.

– ¿Te propusiste aportar a la comprensión de la locura humanitaria, política y filosófica a la que llegó el nazismo? Porque eso supondría una determinada responsabilidad para con el lector.


–Sin pretender caer en el cliché de que la ficción es más verdadera que la historia, algo que ya postulaba Aristóteles, siento que mi novela sí hace un aporte en ese sentido. Salvando las distancias, hoy nadie lee Mi lucha como un lector argentino podría leer el Facundo , al margen de su significado político. No obstante, el carácter panfletario del texto de Hitler ha perdido su fuerza y hoy hemos pasado a verlo como un documento histórico. Esto hace que nos interpele de una manera distinta. Hitler es como un gran espejo deformante donde el “enano fascista” que llevamos dentro se asusta ante su propio reflejo.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Historia Argentina Manuel Baigorria

   
Historia Argentina    Manuel Baigorria

Manuel Baigorria (San Luis (Argentina), 1809–1875), militar argentino, que participó en las guerras civiles de su país, y estuvo largos años refugiado en las tolderías de los indígenas. Llegó a ser considerado un cacique entre los ranqueles.
Era un mestizo de familia humilde, pero que sabía leer y escribir. Muy joven se unió al ejército provincial y fue destinado a la frontera contra los indios. Fue nombrado oficial cuando estalló la revolución unitaria de Luis Videla en 1830, en apoyo a la política del general unitario José María Paz. Combatió en la batalla de Oncativo contra Juan Facundo Quiroga y regresó con Videla a San Luis.
Cuando Quiroga regresó, en 1831, formó entre los vencidos en la batalla del río Quinto. Tras varias semanas de esconderse en el monte, los federales se afianzaron en el poder, por lo que se refugió en las tolderías de los indios ranqueles.
Fue recibido por el entonces jefe de la "nación" ranquel, Yanquetruz, que lo adoptó como a un hijo. Participó en varios malones contra las provincias de Córdoba y Buenos Aires desviando los ataques de su propia provincia, y enfrentó la campaña al desierto de 1833 combatiendo en Acollaradas contra el coronel José Ruiz Huidobro. Al parecer, en esa batalla recibió una terrible herida en la cara en forma de surco, que la cruzaba en diagonal. La cicatriz lo acompañó el resto de su vida, y generaba una cierta admiración por su valor y resistencia. Luego de la muerte de Yanquetruz mantuvo cierto poder al mando de la familia de éste, sólo relativamente dependiente del nuevo cacique general, Painé.
En 1840 llevó un malón a su provincia, en apoyo de una revolución unitaria, dirigida por Eufrasio Videla. Lograron tomar el poder, pero sus indios se dedicaron a saquear la región. La reacción del general José Félix Aldao devolvió el poder a los federales, en la persona de Pablo Lucero.
Regresó al desierto, seguido por otros revolucionarios, entre ellos los hermanos Felipe y Juan Saá. Siguió lanzando malones sobre Córdoba, Buenos Aires y Santa Fe y se instaló en el norte de la actual provincia de La Pampa. Sus toldos eran refugio de toda clase de fugitivos. Cuando Saá regresó a San Luis, los indios creyeron que él también los abandonaría. Por eso tomó una esposa india, hermana del toqui Calvaín y fue reconocido como cacique. Llegó a tener tres esposas, una de ellas hija del cacique Ignacio Coliqueo.
Después de la batalla de Caseros fue invitado por el presidente Justo José de Urquiza a visitarlo, y allí lo nombró comandante de toda la frontera con los indios. Fue nombrado comandante de la frontera sur de Córdoba, que incluía San Luis. Avanzó esa frontera algunas leguas hacia el sur, lo que causó nuevos malones, al mando de Mariano Rosas. Logró debilitar a éste aliándose con Coliqueo y dividiendo a los ranqueles al formar una tribu independiente, bajo el mando de su ahijado Baigorrita. En 1856 fue ascendido a coronel.
Peleó en la batalla de Cepeda (1859) del lado de Urquiza. Al año siguiente apoyó al gobernador cordobés Mariano Fragueiro contra los revolucionarios que lo habían derrocado. Pero el presidente Santiago Derqui terminó por deponer a Fragueiro, y el vicepresidente Pedernera, su coprovinciano, lo desautorizó.
Derqui lo reemplazó como comandante de la frontera por Juan Saá, su enemigo personal desde que había abandonado las tolderías. Por este cúmulo de razones personales se pasó al enemigo: se trasladó con sus indios y algunos soldados a la provincia de Buenos Aires, y combatió del lado de ésta en la batalla de Pavón.
Formó parte de la división que invadió Cuyo bajo el mando de Ignacio Rivas, y colocó en el gobierno de su provincia a Justo Daract. Tras pasar unos meses en Mendoza, regresó a la frontera sur de Córdoba y San Luis.
Junto al coronel Julio de Vedia dirigió una campaña a Leuvucó, el centro de los ranqueles. Participó en la campaña contra el caudillo federal Chacho Peñaloza y en la batalla de Las Playas, en que éste fue derrotado. Poco después derrotó al caudillo local Puebla en Chaján. En 1867 venció al caudillo federal de Córdoba, Simón Luengo, y apoyó la campaña contra Felipe Varela, el último caudillo federal del interior.
En 1868 comenzó a escribir unas interesantes Memorias, de las que vale la pena citar el prefacio:
"El coronel Baigorria, en la Villa de Río Cuarto, a seis días del mes de mayo de 1868, no teniendo en qué distraerse, se ocupa en recordar ligeramente su pasada y agitada vida."
Viajó a Buenos Aires a publicarlas, y más tarde regresó a la frontera cordobesa como comandante de la misma, con asiento en la Villa Mercedes (San Luis), fundada por el coronel José Iseas quince años antes.
A fines de 1873 pasó a la plana mayor de la división del general José Miguel Arredondo, en la que inició en el conocimiento de la frontera al futuro conquistador del desierto y presidente Julio Argentino Roca. Ayudó en la represión de la revolución mitrista de 1874. Murió en San Luis en junio de 1875.

Fuente: http://faggella.com/histoargenta/Baigorria.htm